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miércoles, marzo 15, 2017

OKUPAS EN EL UNIVERSO DE ESCHER

Meterse en el mundo de Escher es tan exigente como mareante
Y si encima eres, como yo, una loca de los reflejos,
está claro que allí, hay que hacer fotos "de las nuestras"
Selfie
Inspiración Escher en alta costura
Y en un lugar, el Palacio de Gaviria, que eleva la experiencia
Nunca me imaginé integrándome en el autorretrato del artista
pero...aquí estoy. Un cuadro que siempre me fascinó y en el que, ahora, 
por unos segundos inmortales, estoy dentro...

Escher es imprescindible. 
Como imprescindible es, cuando lo conoces, 
bucear en la cabeza de un hombre impensable.

Resulta arduo imaginar cómo sus manos dibujaban
esas loquísimas series en las que todo encajaba, 
(sin software)hasta la locura. 

Su impresionante avistamiento del mundo, 
su infinita ocupación del plano.
Sus perspectivas imposibles 
que se ríen en tus narices de la lógica.
Sus luces, en medio de la oscuridad. 
Sus revelaciones, sus paisajes y sus geometrías. 

En definitiva, su cabeza. 

Esta exposición es como si abrieran un pequeño orificio 
en ella, para dejarnos ver lo que hubo dentro. 

Y la escenografía arropa esa sensación 
de colarse en un universo muy concreto. 
El Palacio de Gaviria, en Madrid,
que llevaba una década cerrado, 
y reabre con esta exposición. 

Un lugar increíble con casi dos siglos de historia 
en el que recuerdo haber estado hace años de fiesta, 
bailando y tomando copas, entre cúpulas y frescos

Espacios que siguen intactos
para acoger esta muestra, 
redimensionándola. 

Jugar con los espejos 
resulta obligado. 

Y allí estuvimos, jugando...




lunes, marzo 13, 2017

PEDESTAL A LOS 80

Un aspecto de la sala de exposiciones, vestida de "Tocata" 
(para quien haya conocido aquel programa...)
Ornamentos oníricos y surrealistas
Pop por todos lados
Barroquismo
Vitalidad y vanguardia
Incluso tras la caída del telón

La luz en la calle ciega. 
Al abrir la puerta de la sala, los ojos tardan en adaptarse. 
Traspasar el umbral es adentrarse en un túnel. 
Literal. 
Paredes negras, luces de neón, viaje en el tiempo. 

Aterrizas en los años ochenta. 

Los vibrantes colores de los maniquíes vestidos 
con la desmesurada ropa del artista vuelven a cegarte. 
Pero esta ceguera es ya de otro tipo, 
da paso a los ojos bien abiertos. 

Y, de repente, no parpadeas. 

Algunos de los estilismos que lucía 
el cantante (hace años fallecido) Tino Casal, 
eran del diseñador Antonio Alvarado,
pero incluso estos, tenían el sello Tino Casal. 
Porque el artista los tuneaba 
hasta hacerlos más suyos que de nadie. 
A menudo, era él mismo quien los creaba. 
Su manera abrumadora de sumar color, 
estampados, accesorios y joyas deslumbra. 

Pero hoy lo que sigue apabullando es contextualizarlos. 

Imaginar ese desbordante arrebato pop en una España 
que empezaba a sacudirse el blanco y negro 
de años de severidad dictatorial e inexpresiva, abruma. 

En los tiempos en que Yamamoto creaba 
la imagen vanguardista de David Bowie, 
Tino Casal se paseaba por los escenarios de España
haciendo lo propio con recursos a medida de nuestras carencias 
y una astucia muy desarrollada a través de sus estancias en Londres, 
y su formación como artista. 

Además de músico, fue pintor, escultor y escenógrafo. 

Un hombre que sabía muy bien lo que quería, 
amigo de Fabio MacNamara, Alaska y de todos 
aquellos que protagonizaron la movida. 

Sofisticado como pocos en aquellos años. 
A  la vanguardia de la expresión creativa 
como puede verse aquí. 

Mas que trajes, sin duda. 
Historia. Pop. Música. Arte. 
Libertad y Rebeldía.